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Reflexiones en torno al ejercicio de la educación artística en el actual contexto escolar formal en México


El ejercicio la labor artística y su respectiva educación ha tenido obstáculos propios como parte de la natural dinámica social e histórica en un ciclo en el que se intercalan las manifestaciones de la cultura y manifestaciones de la contracultura, que progresivamente es aceptada en estos juegos de poder, hasta volverse parte de la cultura… y entonces aparece otra manifestación “rebelde”.  Debo advertir que esta característica no resume la complejidad del proceso cultural, ya que este proceso no es simplemente adaptativo, extensivo e incluyente… todo esto requiere mecanismos significativos, persistentes y variables que potencialmente se puedan volver relevantes. 
Uno de los obstáculos persistentes ha sido la falta de peso curricular a la educación artística que no termina de consolidarse como uno de los saberes esenciales a la par de los saberes científicos, saberes que culturalmente han sido articulados como algo valioso debido a la prevalencia de la mente por encima del cuerpo en la autoimagen colectiva del ser humano.  Ante esta resistencia actitudinal generalizada de los padres de la generación Z y posteriores que en el año 2020 están cursando su educación básica, los mismos hijos pioneros del milenio, esa misma juventud está actuando de acuerdo a una “una constante y permanentemente reformulada actitud analítica frente a la opinión establecida y anquilosada en el corpus intelectual social (…) frente al cliché” (Zátonyi, 2002), cuestionando precisamente esta hegemonía y la división dual de mente y cuerpo, repitiendo las voces de artistas vanguardistas y posteriores contemporáneos, las voces de serios defensores del arte y las voces de otros comprometidos investigadores y educadores de la epistemología integral. 
Podrán decir que actualmente ya no es una lucha defender el desarrollo de las habilidades socioemocionales en escuelas y universidades, pues teorías como la del Dr. Howard Gardner sobre inteligencias múltiples y Daniel Goleman sobre inteligencia emocional, todas adecuadas al plan actualizado de Educación donde se distingue la habilidad socioemocional… No obstante, la estructura curricular no se ha actualizado comprometidamente a esas teorías en la práctica de la escuela básica formal y este hecho se puede ver en el peso real de las “horas clase” asignadas en espacio curricular que difiere de las propuestas realizadas (véase el Acuerdo número 12/10/17 del Diario Oficial de la Federación): mi experiencia actual en una escuela privada es que se dediquen dos horas clase a la semana a la educación artística sin contar talleres opcionales, cuya demanda artística es mayor a la que la escuela puede ofrecer. Debo reconocer que, aún en estas circunstancias, desde mi experiencia considero que es privilegiado atender a veintitantos estudiantes a comparación de una escuela pública, que se encuentran saturadas en número de estudiantes por grupo.  También es justo reconocer que la escuela privada donde laboro ha apostado por lo que llaman una “formación integral” en donde la tradición de formación católica, ha servido como trampolín para implementar herramientas como talleres y rutinas de “interioridad”, estableciendo hábitos similares a la meditación “mindfulness”, en donde se integra sentir la propia corporeidad para desarrollar una mejor conciencia del ser humano.  En este contexto y en similitud con mi experiencia también como docente en universidad de inspiración cristiana, la apuesta a “formar fábricas y no almacenes” de conocimientos como dice Savater (El valor de educar, 1997), ha sido grata, pues empiezan a disolver la creencia habituada de la persona fragmentada en mente, cuerpo y alma.  No obstante, reconozco que la educación artística – a pesar que tiene mucho que decir por sus procedimientos de conciencia corporal – hasta ahora no ha sido la opción para expandir este proyecto de interioridad, y debo reconocer que no es justo sólo señalar a las instituciones educativas como encargadas de hacerlo, sino también nuestra voz.   Es común que en nuestros discursos, los docentes de educación artística aboguemos su importancia para desarrollar la inteligencia emocional, y por lo tanto, aumentar el cociente intelectual colectivo a través de la armonía social… pero hay poco seguimiento y atención por parte de los medios de difusión a las propuestas innovadoras impulsadas por docentes de educación artística desde las aulas, siendo esto una sospechosa situación que aún genera interrogantes sobre qué estatus estamos en esta lucha para valorar a las artes dentro de la formación de la inteligencia emocional e incluso, de la inteligencia social.  Esta relación entre ambas inteligencias fue popularizada por Daniel Goleman (Inteligencia social, 2010) quien afirma que la inteligencia emocional empieza también con la conciencia social, reconociendo las emociones y su impacto en todo lo que nos rodea.  Cabe mencionar que he sido testigo viencial de manera más significativa en los eventos culturales que he impulsado en equipo con mi colega creativa visual Nancy González, en donde la interacción y el aprendizaje en la elaboración de arte colectivo sitúan al profesor en un facilitador y mediador de la inteligencia social, partiendo desde su propia experiencia de autonocimiento hasta la disposición al diálogo expresivo, explícito e implícito (véase Ilustración 1). 
Ilustración 1: Fotografía de la interacción entre docente y alumnas en la intervención del Madonnari colectivo para el Día de Muertos (fotografía tomada por Nancy Gonzalez para el I.V.C., 2018).
Desde mi perspectiva, la propuesta debe responder a la complejidad de lo que representa el cambio cultural, fomentando el valor de las artes en la sociedad desde dos vertientes: la primera, desde los coordinadores docentes y docentes de educación artística como potenciales agentes de cambio al perseverar en llevar a cabo de manera constante eventos culturales que pongan de manifiesto no sólo la producción artística, sino los procesos artísticos en los que se delata la dinamización de habilidades de los niños y jóvenes; por otro lado, la segunda vertiente es apalancar estos eventos a través de espacios interdisciplinarios, que patrocinen y hagan ese “mercenazgo” altruista alineado a la nueva normalidad que se ha ido manifestando desde hace unos años por emergencia climática y que en este año 2020 ha sido agilizado y más visible por la contingencia causada por el COVID19 en conjunción con la accesibilidad a las nuevas tecnologías y la cultura de transparencia que “no permite lagunas de información ni de visión” (Byung-Chul Han, 2012 en Scolari, 2014), ya sea para bien o para mal.

Ilustración 2: Fotografía del evento cultural de Día de Muertos en marcha durante la pasarela de catrinas en colaboración con los grados de secundaria y preparatoria del I.V.C. (fotografía tomada por Nancy Gonzalez para el I.V.C., 2018).

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Referencias
Goleman, D. (2010). Inteligencia social. Barcelona: Editorial Kairós.
Savater, F. (1997). El valor de educar. Barceolna: Planeta de Libros.
Scolari, C. A. (21 de diciembre de 2014). Byung-Chul Han: ¿Filosofía para dummies? Obtenido de Hipermediaciones: https://hipermediaciones.com/2014/12/21/byung-chul-han-filosofia-para-dummies-ii/
Zátonyi, M. (2002). Una estética del arte y el diseño de imagen y sonido. Buenos Aires: Kliczkowski.


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